En el umbral del terror absoluto y la humillación, Carla estalló finalmente con una brizna de humilde pero asombrosa terquedad.
No retrocedió; al contrario, dio un paso al frente. Sus tacones se hundieron en un charco de lodo y aguas residuales, salpicando y manchando su costoso traje gris oscuro. Levantó la cabeza, desafiando directamente los ojos gélidos e insondables de Maxton, con una voz que temblaba pero cuyas palabras eran firmes como el hierro:
—¡Sí, Maxton! ¡Mírame bien! ¡Crecí en un l