Las lámparas del techo del salón de conferencias proyectaban una luz pálida y mortecina, desnudando sin piedad el hedor a corrupción que flotaba en el aire. Decenas de rostros rodeaban la inmensa mesa circular, con miradas en las que se entrelazaban la codicia, el miedo y el regodeo. Richard permanecía de pie ante la pantalla de proyección, impecable en su traje negro a medida, con una gélida sonrisa en los labios, como un cazador que contempla cómo se cierra la trampa.
—Caballeros —la voz de R