Cuando Maxton empujó la puerta de casa, la luz con sensor del vestíbulo se encendió con un brillo cegador. Carla estaba de espaldas a él frente al ventanal; su figura, habitualmente elegante, lucía ahora rígida y encorvada. Al escuchar los pasos, se giró lentamente. Su rostro, donde solía habitar una sonrisa tierna, estaba ahora desfigurado por el pánico y el agotamiento. Sus labios, despojados de todo color, temblaban levemente, y apenas lograba mantenerse en pie.
Maxton arrojó su chaqueta de