El amanecer llegó con una oscuridad espesa que parecía no querer disiparse, pesando sobre el pecho de Karla como si fuera tinta estancada.
Se despertó sobresaltada de una pesadilla a las cuatro de la mañana, con una respiración agitada que resonaba con violencia en el silencio de la alcoba. El sudor frío había empapado su pijama de seda, y esa sensación pegajosa la hacía sentir que lo que llevaba puesto no era solo ropa, sino la piel de "Rebeca", una máscara de millones de dólares que se sentía