Esa noche, la lujosa mansión de Dominic en las afueras de Madrid se sentía más fría que de costumbre.
Las arañas de cristal de la sala aún permanecían encendidas, proyectando un cálido resplandor dorado por toda la estancia. Las gruesas cortinas de color crema estaban cerradas herméticamente, impidiendo que la luz del exterior se filtrara. En un rincón de la habitación, una chimenea encendida chisporroteaba con suavidad, ofreciendo una calidez acogedora en medio de la fría noche.
Pero Dominic n