La noche avanzaba imparable en la residencia principal de la familia de Ana. El fuego en la chimenea continuaba encendido con calidez, proyectando sombras danzantes sobre los muros de mármol blanco. El chasquido sutil de la madera al consumirse rompía de tanto en tanto el silencio, acentuando la atmósfera de paz y serenidad. En el exterior, la brisa nocturna susurraba entre las copas de los árboles del jardín, trayendo consigo el perfume tenue de las flores en plenitud.
Ana permanecía sentada e