Esa mañana, el sol brillaba con esplendor sobre Madrid. El cielo lucía despejado, d’un azul impecable; las aves trinaban con júbilo en las copas de los árboles a lo largo de las avenidas, y la brisa matutina soplaba fresca, impregnada del aroma de las flores en plenitud. Sin embargo, Ana no lograba percibir semejante belleza. Lo único que embargaba su ser era la opresión en el pecho y una determinación ardiente en el corazón.
Ana permanecía de pie frente al Palacio de Justicia de Madrid. El edi