La ostentosa residencia de la familia de Ana se sentía más desierta de lo habitual. Dominic permanecía en su despacho, contemplando la ciudad de Madrid tras el imponente ventanal de cristal. Las luces nocturnas centelleaban bajo un cielo sombrío, componiendo una postal fascinante. Sin embargo, Dominic permanecía ajeno a semejante belleza. Sus ojos oscuros fijaban la mirada en la nada; su mente era un caos y la inquietud embargaba su pecho.
En su mano, la pantalla del teléfono aún resplandecía t