Esa mañana, la lujosa residencia de la familia de Ana se sentía más silenciosa de lo habitual.
El sol matutino se filtraba a través de los amplios ventanales de la alcoba principal, proyectando caprichosas formas de luz sobre el reluciente suelo de mármol blanco. Los pájaros trinaban con jovialidad diurna en el jardín posterior y la brisa de la mañana soplaba fresca, impregnada del aroma de las flores en pleno esplendor. Sin embargo, la atmósfera en el interior de la habitación distaba mucho de