Dos semanas después del caos invisible que había incendiado su habitación —y, en cierto modo, su alma—, Luna ya no era la misma. Había aprendido a actuar con normalidad mientras el eco de lo que había vivido con Andrey se repetía como un tambor constante en su interior.
No lo había vuelto a ver desde aquella noche, pero sentía su energía en el aire, como una sombra invisible que la observaba desde el rincón más oscuro de su rutina, aunque todo el tiempo odiaba que él desapareciera.
En las últim