Él estaba allí, parado como un rey en su trono invisible, con esa sonrisa maliciosa curvando sus labios perfectos, como si supiera exactamente el caos que había desatado en su vida, con esa mirada profunda que pareciera analizarla a todo momento. Y lo peor era que su presencia la afectaba de formas que odiaba admitir: un pulso acelerado en su cuello, un calor traicionero que se extendía por su piel bajo el vestido prestado. ¿Por qué tenía que ser tan... imponente? Tan atractivo en su frialdad,