Cuando escucha esa voz, su corazón se paralizó por segundos. Rosie levantó la cabeza lentamente mientras las gotas de lluvia que escurren de su cabello se deslizan por su rostro como un recordatorio cruel de todo lo que había perdido en menos de veinticuatro horas. Frente a ella, bajo un paraguas negro que apenas contenía la furia del aguacero, estaba Héctor. El mismo Héctor de traje impecable, expresión neutra y voz fría que ya conocía demasiado bien.
—No… —murmuró ella, retrocediendo hasta que