Máximus no puede soportar más la tentación de tener a su esposa así de cerca, con el corazón latiendo desbocado contra el suyo. Sus labios se estampan contra los de ella en un beso cargado de una desesperación que quema, de un miedo que lo paraliza y de un deseo que arde como una llama viva en medio del frío de la noche. Es un beso que sabe a despedida y a súplica al mismo tiempo. En ese instante, a Rosie se le escapan las lágrimas sin control; ese amor que siente por él es tan devastadoramente