Habían pasado nueve días desde que regresaron de Saltillo por primera vez. Nueve días de viajes cortos de ida y vuelta, de noches en el departamento de Ciudad de México y mañanas en la casa pequeña de Mariana, de conversaciones con abogados y llamadas a fiscalía y documentos sobre la mesa del comedor que nadie quitaba porque siempre había algo nuevo que agregar. Nueve días de aprender a ser padres de un niño que todavía no sabía su nombre real pero que ya los reconocía lo suficiente para señala