Nohemi se encontró a sí misma en una especie de calabozo. Era un sitio extrañamente cálido, con paredes de piedra, entre las que crecían enredaderas y helechos, estos últimos colgaban del techo y tenían unas bonitas y diminutas flores amarillas que expelían un olor agradable y apaciguador.
El piso era una cama de grama suave que hacía cosquillas entre sus dedos, la brisa mecía los helechos con suavidad, rozando de vez en cuando la punta de su nariz con una sensación cosquilleante.
Lo que le dab