Me siento nerviosa, mi corazón late a mil por hora. No sé qué hacer, no sé cómo salir de esta situación. Siento que mi hora ha llegado, que no hay escapatoria. Le pido al hombre que está dentro de mi habitación que se esconda, que Venco no lo puede ver.
— Por favor, escóndete—le digo, intentando mantener la calma.
Venco vuelve a tocar y agradezco que no entre sin que se lo permita.
— ¿Qué pasa? —me pregunta, su voz baja y sarcástica.
— Venco está en la puerta —le respondo, intentando hablar en