SEBASTEN.
Me subo a la camioneta blindada y azoto la puerta. Arranco con violencia, dejando atrás el camino de adoquines de la mansión. Mi mente está en otra parte, fija en la mujer que acabo de dejar en la habitación. Aurora está asustada. Lo huelo en su piel, lo noto en la forma en que sus dedos se aferraron a mí antes de besarla. No voy a permitir que nadie la haga sentir menos, ni siquiera la sangre de mi sangre.
Conduzco por la autopista hacia el aeropuerto privado de Los Ángeles. El tráfi