AURORA
De regreso en la mansión, el peso del vestido de cristales fucsias se siente el doble de pesado. Me encierro en la habitación, buscando desesperadamente un segundo de paz tras la tormenta en el monasterio. Mis dedos aún tiemblan sutilmente cuando me quito los aretes de rubíes y los dejo sobre el tocador. En ese momento, la puerta se abre y Gabriela entra con paso rápido, con esa mirada suya que siempre intenta descifrarme antes de que yo hable.
—¿Cómo les fue? —pregunta de inmediato, cru