AURORA
Sebasten no parpadea. Mis palabras son la última pieza que necesitaba para activar su estrategia.
Sin romper el contacto visual, desliza la mano hacia el interior de su saco negro. Se mueve con una parsimonia fría que deja al Consejo en un mutismo absoluto. Da un paso atrás y, con la misma solidez rústica con la que rompe cuellos o cierra juntas directivas, dobla una rodilla hasta apoyarla con firmeza en el suelo de piedra del monasterio.
El salón entero enmudece. Los diez consejeros se