Casi una semana había transcurrido desde la liberación de Lila. Físicamente se sentía más fuerte. El hospital le había devuelto color a las mejillas y sus cachorros se movían con mayor vitalidad, como si también hubieran respirado aliviados al salir de aquella celda fría. Sin embargo, emocionalmente estaba devastada. Un vacío profundo se había instalado en su pecho, uno que crecía con cada día que pasaba sin noticias de Alfonso.
Se negaba a llamarlo amor. Se repetía una y otra vez que solo era