AMINA
En cuanto pronuncié esas palabras, Adam se acercó. Mi cuerpo ansiaba su toque, sus besos y todo lo que pudiera darme. Este hombre era en verdad un maestro del sexo. Justo lo que necesitaba.
—No sabes las ganas que tenía de salir de entre estas cuatro paredes y traerte aquí conmigo, aunque todos me vieran —reí.
—¿Y qué fue lo que te impidió hacerlo? —me miró con los ojos entrecerrados.
—Kellen, obviamente. En cuanto me hubiera visto en pelotas, seguro que me las arranca y después me mata.