Polvo y humo metálico cubrían los restos del laboratorio central de la Ciudad Neo-Creciente.
La Torre de Acero que antes simbolizaba la arrogancia de la tecnología humana ahora se inclinaba como un gigante moribundo, arrojando chispas eléctricas de sus cables gigantes rotos.
Aria se arrodilló entre los escombros, su respiración jadeante, sus palmas ensangrentadas por agarrar trozos de cristal.
En sus brazos, el Núcleo de la Redención ya no brillaba con intensidad; el cristal parecía apagado,