La oscuridad detrás del altar ancestral no solo era silenciosa; respiraba. Mientras Aria, Alaric y Lucian se arrastraban por el estrecho pasadizo que les había indicado Silas, podían sentir cómo las paredes de piedra latían suavemente, como si caminaran por la garganta de un gigante aún vivo.
El olor acre de sangre y azufre picaba sus narices, señal de que habían llegado al Corazón del Valle de la Ceniza el centro de todas las maldiciones que habían afligido este continente durante una década.