El Valle de la Ceniza nunca había ofrecido calidez, pero dentro de esta cueva ancestral, el frío se sentía más allá de la temperatura del aire.
Era el frío de almas muertas. En el centro de la sala, rodeada de pilares de piedra cubiertos de cristales púrpuras, Silas se apoyaba en un antiguo altar hendido.
Su respiración sonaba como el crujido de papel seco. Su cabello, antaño negro como la noche más oscura, ahora se había vuelto completamente blanco no por la edad, sino blanco y vacío, señal