El silencio que envolvía la habitación de la Luna no era solo la ausencia de sonido, sino una entidad opresiva, pesada, como si tuviera masa propia que presionara cada rincón de la vida.
Fuera de las ventanas destrozadas de la torre, la tormenta mágica aún azotaba, pintando el cielo de colores púrpura y plateado aterradores, pero en esta habitación, el tiempo parecía haber ralentizado hasta el punto en que cada latido cardíaco sonaba como el tamborileo agonizante de un tambor de guerra.
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