El silencio en la habitación de la Luna ahora resultaba más ensordecedor que el estruendo de la batalla que se libraba fuera de las puertas del Palacio Obsidiano.
El aire en la habitación se sentía pesado, como si la gravedad se hubiera duplicado, obligando a todos los presentes a respirar con dificultad.
En medio de la cama de roble que había sido testigo de amor y lágrimas, Aria yacía marchita. Su piel, que normalmente brillaba como porcelana, ahora se había vuelto pálida y grisácea, un ton