En la sala de parto, el ambiente se sentía como estar en medio de un centro de tormenta a la vez sagrado y aterrador.
El brillo plateado de los cabellos de Aria, que ahora brillaba de forma permanente, iluminaba cada rincón de la habitación, proyectando sombras que bailaban sobre las paredes de mármol.
Sin embargo, esa luz no brindaba calma; parpadeaba con una frecuencia inestable, siguiendo el ritmo de la respiración de Aria, cada vez más corta y pesada.
Aria apretó las sábanas de seda hasta