La tormenta de nieve volvió a azotar fuera de los escombros de la cripta, como si el propio universo estuviera llorando la destrucción que había tenido lugar en su interior.
Silas Vane permanecía inmóvil en la entrada destruida.
Sus ojos seguían fijados en el punto donde Aria había liberado la energía purificadora una luz tan santa que hacía que su armadura de plata se sintiera como suciedad.
Sin embargo, no era el poder de Aria lo que ahora lo destruía.
En su mano, Silas apretaba una pequeña