Bautista llegó a la casa de mi padre un martes por la mañana, con una valija pequeña y esa expresión suya de estar permanentemente evaluando cada salida posible de cualquier habitación en la que entraba, un hábito de doce años que ni el cambio de bando había logrado borrarle.
Mi padre lo recibió con una desconfianza que no se molestó en disimular.
—Así que tú eres el que dejó a los Valcázar por mi hija —dijo, sin ningún preámbulo, mientras Bautista seguía de pie en el vestíbulo con la valija to