Zúrich, Suiza. Cinco años después.
La sala de juntas del rascacielos de vidrio estaba en un silencio sepulcral, doce hombres de traje, ejecutivos agresivos de una multinacional farmacéutica, miraban con terror a la mujer sentada en la cabecera de la mesa.
Señores —dijo ella, con una voz suave pero q