No dormí un maldito minuto.
Me pasé la noche entera sentada en el borde de mi cama, con la servilleta y la nota apretadas entre las manos. A las siete de la mañana, me puse mis botas de trabajo, agarré las llaves del auto y manejé hacia la obra.
Llegué a la obra e ignoré por completo el saludo de lo