—Vine a buscarte —respondió Victoria, con la voz firme, aunque las manos le temblaban dentro del abrigo—. Necesitamos hablar.
Darío soltó una carcajada seca, sin una gota de humor.
—No tenemos absolutamente nada de qué hablar. Regrésate, Victoria. Tu prometido se enojará bastante si se entera de que