—¡Ey! ¡Oiga! ¡No puedes dejar el carro ahí atravesado! —le gritó un policía de tránsito, corriendo hacia ella con su libreta de multas en la mano.
—¡Ahí están las llaves puestas! —le gritó Victoria de vuelta, señalando el volante de su auto, corriendo hacia la entrada—. ¡Llame a la grúa, lléveselo a