Deshaciendo el nudo de su corbata, Stefan llegó a la mansión de la familia Muriel. No podía sentirse más fresco después de lo que había hecho. Los hombres que le seguían le dejaron bajar de la furgoneta negra delante de la puerta.
Cuando supo que estaba solo, sacó el móvil del bolsillo. Después de tres sonidos en la otra línea, el hombre descolgó.
Se oyó una risa. Ya lo sabía con certeza.
—¡Sr. Rey! —Stefan le llamó.
—Sí, te escucho.
—Creo que ya lo sabe, ¿no?
—Sí, sí, mis hombres ya me contaro