La noche había sido larga, pero el amanecer llegó sin tregua. Después de encontrar la carta de Benedicta, después de leer sus palabras y sentir el peso de su sacrificio, no había podido dormir. Me había quedado despierta, mirando el techo, preguntándome cuántas verdades más estaban enterradas en los archivos de mi padre.
Rocco tampoco había descansado. Cuando bajé a la cocina, ya estaba allí, con una taza de café humeante entre las manos y la mirada fija en la ventana. No se había cambiado de r