El motor del coche blindado rugía suavemente mientras dejábamos atrás los viñedos. La carretera se extendía frente a nosotros, bordeada de colinas que poco a poco se transformaban en las primeras construcciones de la ciudad. El sol de la mañana ya estaba alto, pero su luz no lograba calentar el interior del vehículo, donde el silencio se había instalado como un acompañante incómodo.
Rocco conducía con las manos firmes sobre el volante, su mirada fija en el asfalto. No habíamos hablado desde que