La humillación era un veneno espeso que me quemaba la garganta mientras subía los escalones de mármol de regreso a mi habitación. Dos escoltas armados de Rocco caminaban a un paso de mí, asegurándose de que entrara a mi confinamiento. Cuando empujé la puerta de mi dormitorio, solté una risa amarga que se extinguió de golpe en el aire. El cerrojo interior había sido completamente removido, solo quedaba un agujero vacío en la madera que confirmaba la anulación total de mi privacidad en esta mansi