No habían pasado ni cinco minutos cuando sentí otra, esta vez más intensa que la anterior, y la expresión de Rocco pasó de la preocupación a algo que solo podía describirse como pánico contenido a duras penas.
—Eso es una contracción —dijo, ya de pie, buscando su teléfono con manos que para variar, no estaban del todo firmes —Voy a llamar al médico y vamos al hospital, ahora.
—Rocco, espera —dije, tratando de mantener la calma a pesar de que una parte de mí también empezaba a sentir el peso de