Dmitry cuelga el teléfono y deja escapar un suspiro pesado mientras se reclina en la silla de su escritorio. Sus dedos tamborilean contra el reposabrazos, y sus ojos se pierden en el paisaje más allá de la ventana. En lo alto del paisaje, las montañas rodean la Romanovskaya, ahora vestidas con los ocres del otoño, mientras los viñedos se extienden en filas perfectamente alineadas que se confunden y pierden con el paisaje.
Se supone que la calma del paisaje y a hacienda deberían reconfortarlo, p