La mujer frente a ella está irreconocible. Su cabello, antes brillante, está entrecano y descuidado. Su rostro, marcado por líneas profundas que la hacen lucir más vieja de lo que debería, es claro que el tiempo y el sufrimiento conspiraron para robarle su esencia. Sin embargo, esos ojos, aunque apagados, son inconfundibles. Son los ojos bañados de amor de su madre.
—Anastasia… mi Anastasia…
Inna se queda inmóvil, su cuerpo rígido mientras las palabras de Vera resuenan en la sala, cargadas de