Cuando Layeska baja del auto, lo hace con una sonrisa radiante adornando su rostro, lleva su mochila colgada sobre un hombro, un papel fuertemente sujeto en su mano y sus ojos brillando de entusiasmo. Apenas sus pies tocan el suelo, comienza a saludar a los peones que están cerca, quienes se detienen en sus labores para devolverle el saludo con sonrisas sinceras.
—¡Hola, señor Boris! ¡Hola, señor Ivan! —grita con alegría, agitando la mano en la que sujeta el papel.
—¡Hola, señorita Layeska! —