La noche había caído sobre la ciudad cuando Alessia detuvo su auto frente al portón de la mansión Moretti.
No necesitó anunciarse, los guardias la reconocieron al instante, y las enormes puertas de hierro se abrieron sin previo aviso.
Condujo por el largo camino bordeado de faroles, hasta estacionar frente a la entrada principal. Respiró hondo antes de bajar. Su corazón latía rápido, pero intentó mantener la calma.
Tocó el timbre.
Una mujer joven, vestida con uniforme negro, le abrió enseguida.