La mansión estaba sumida en una tensión palpable. Ethan, alejado de Olegda, sentía que un vacío se apoderaba de él. Cada día que pasaba sin verla, el remordimiento y la soledad lo carcomían desde adentro. Su mente divagaba entre pensamientos oscuros y la sensación de haber perdido algo invaluable.
Ethan vagaba por los pasillos de la mansión, suspirando con pesar. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Olegda, la forma en que su presencia iluminaba su vida, ahora ausente como una sombra que