El viaje de regreso fue un infierno silencioso.
Maximilian no dijo ni una palabra. Sus manos sujetaban el volante con tanta fuerza que sus nudillos habían palidecido. Las calles pasaban como un borrón, pero yo solo podía sentir su furia. Era una presencia física, un peso que llenaba el coche y me aplastaba contra el asiento. Sin embargo, no permití que eso fuera suficiente para derribarme. No me arrepentía de lo que hice.
Cuando llegamos al edificio, él salió del coche sin esperar a que el p