Las lágrimas no dejaban de caer. Por más que intentara contenerlas, por más que me limpiara el rostro con el dorso de la mano, seguían brotando como un río desbordado.
De pronto, Maximilian me tomó entre sus brazos, abrazándome, fundiéndome en su calor. Mi rostro hundiéndose en el hueco entre su hombro y cuello. Mis lágrimas mojaban la tela, pero a él poco parecía importarle.
Su agarre era tan reconfortante que me sentí culpable por ello, por sentir consuelo con él. Mi corazón era tan débil