Me arranqué el vestido del cuerpo, lanzándolo a la cama y en su lugar poniéndome un camisón grande y holgado que cubría mis piernas recién depiladas. Ya no me daba gusto mostrarlas.
De algún modo, entre lágrimas y sollozos lastimeros, me fundí en la cama, destrozando el vestido rojo que había elegido con tanto cuidado, pensando en él, pensando en cómo me miraría, en cómo me desearía... Mentiroso.
Lo rompí en pedazos, limpiando mis lágrimas con el.
La puerta se abrió.
—Vienna, ¿no piensas