Sentía que me habían clavado un puñal en el pecho. Ni siquiera Theodore trató de impedirme realizar mis cirugías. Me insultaba al respecto o me desanimaba diciendo que no recuperaría mis piernas, pero jamás se interpuso.
Esto rebasó mi límite.
Maximilian había ganado esta batalla, pero no la guerra.
Llegué a mi habitación y cerré la puerta con un golpe seco. No quería que nadie me viera así, deshecha, rota, con las lágrimas rodando por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.
Me sequé el