142. CONTINUACIÓN

De repente, la puerta del cuarto se abrió de golpe, y Alan entró brincando, con una sonrisa que iluminaba su rostro.  

—¡Ya terminé mis dibujos, mamá! Los hice para ti y para papá —anunció con orgullo mientras extendía una hoja donde dos figuras mal dibujadas (claramente nosotros) aparecían tomadas de la mano, con una casa y un sol de fondo—. ¡Papá, deja a mamá, no la aplastes!  
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