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Él lo sabía. Tenía que saberlo. El aire mismo parecía cargado de la repentina certeza de ella sobre cuánto deseaba a ese hombre. Esa certeza debió de habérsele transmitido a través de su respiración superficial y audible, la forma casi imperceptible en que se inclinó hacia él, irresistiblemente atraída por su calor. Su tamaño. Su aroma. La mano grande y fuerte en su cintura que la amoldaba firmemente contra su cuerpo.

Él iba a besarla. Ella estaba segura. Miró sus labios con expectación mientra
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