El silencio en la unidad del apartamento-clínica era pesado, como la presión atmosférica antes de que un gran temporal azote la ciudad.
Valentina se mantenía de pie frente a la ventana de cristal antibala, mirando las luces parpadeantes de Medellín en la distancia.
Detrás de ella, la exquisita comida del almuerzo preparada por Sebastián seguía sin ser tocada, enfriándose junto con los restos de su esperanza de paz.
Ella tocó su vientre. Había un pequeño movimiento allí un recordatorio de que