El ruido de las hélices cortando el aire nocturno resonaba como martillazos en los tímpanos de Valentina.
Dentro de la cabina, iluminada por una tenue luz roja, los olores a pólvora, sangre y agua salada se mezclaban en una atmósfera asfixiante que olía a muerte.
Valentina estaba sentada en el suelo, temblando violentamente.
Su mirada estaba perdida, fija en la ventana, donde el destello de la explosión de Mateo se desvanecía lentamente en la oscuridad del océano.
El hombre que la había prot